Juega.

Juega.

Dentro del espectro de poder usualmente nos gusta estar del lado del que sí puede y, de preferencia, con facilidad. Claro que nos arrogamos a uno u otro margen, la prudencia patriarcal de otrora todavía nos intenta recordar que las cosas se disfrutan más si se consiguen con esfuerzo que si se consiguen por la fácil. Ejemplo, el típico caso de quién disfruta más de sus bienes materiales lujosos obtenidos por el fruto de su arduo trabajo y empeño respecto al fruto del arduo trabajo y empeño de otro cercano. Bueno, creo que es un mal ejemplo.

Nos gusta estar ‘on the move’. Nos gusta estar ‘on the road’. Nos gusta estar. Términos generales y poco precisos, la precisión la dejamos para horas de la mañana. Conocernos posibles, sabernos capaces, gran parte del juego de la vida trata más o menos de eso. Sin embargo, no siempre es sencillo. Observar como sin interés, con el rabillo del ojo, es algo que usualmente socava nuestras bases más firmes. La firmeza relativa del ojo blando, claro. Porque aún en el desinterés más manifiesto queda esbozo alguno de taimado gusto irreverente. En parte, de nuevo lo reduzco a mi, por eso he de gustar tanto del crescendo musical: es como un eterno camino sin rabillos de ojo, dónde no queda otro camino que para arriba, porque sabemos que ir arriba es lo que buscamos, de una u otra forma, eso y segregar al pecado, que el pecado nació para ser visto con rencor, luego nos dijeron que era el perdón la solución y comenzó el pandemónium.

No siempre jugamos para ganar. Punto. En el juego inocente de un adulto con un niño, ejemplo, se juega para satisfacer la necesidad creada del niño, la de tener un compañero de juego. No nos importa aceptar nuestra puerilidad con tal de satisfacer la sed de juego de nuestro pequeño acompañante. La vida real, la de mundo real, quizá debería ser un poco más así, después de todo, solo tenemos una y muchos, más que disfrutarla, deciden pasar más tiempo en su legítima defensa. Ya no estamos para esos trotes.

Nunca dejen, al menos una vez en su vida, de escuchar Boléro de Maurice Ravel. Son tres órdenes distintas, todas confluyentes.

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