Odio

Odio

Nos encanta subir en nuestro columpio de oro y, al son del ímpetu del movimiento, señalar y condenar a diestra y siniestra.

A veces pienso en lo justo que resulta dejar tópicos cómo la aplicación de la justicia a entendidos de la materia no porque dispongan ellos de ejemplar juicio y tino, sino por lo mucho que el pueblo enardecido demuestra en cada momento no tener la menor idea del concepto de justo o injusto, al par de la aplicación real o ficticia de un castigo.

No importa cuántos libros, cuántos tratados, cuán dificultoso llegó a ser para Platón (por poner un ejemplo) ahondar con claridad e inflexión un tema tan espeso como lo justo y lo injusto. Para el pueblo la ley que priva es la del odio, la del golpe a tontas y a locas, la de tirar la piedra y después ver qué pasa o si es culpable o no.

Voy a ser franco, igual que la mayoría de ustedes disfruto de ver al malandrín capturado in fraganti ser víctima de su propia determinación a delinquir. En un mundo como éste resulta la única forma instaurar el orden y el respeto al margen de sistemas de procesamiento incompetentes. El castigo nunca está mal, pero siempre deberá ser consecuente. No hablo de ojo por ojo, que eso ya históricamente nos habría acabado; sino de la relevancia natural del castigo respecto a la ofensa cometida.

Pensemos sin embargo con cabeza fría, que es la única forma de evitar dejarnos llevar por nuestro juicio no precisamente diáfano, veamos las aristas necesarias y no solamente las más decisorias al respecto del castigo. No dejarse llevar por instintos animales, que lo somos, pero nos jactamos de racionales. Ja.

RQR

Dejar un comentario