El pueblo dócil
No destaco, precisamente, por mi particular defensa patria. Tampoco, con seguridad, por mi rol activo dentro de las políticas públicas de la nación en la que habito. Acepto la democracia y el capitalismo como los mecanismos menos malos que el ser humano ha logrado encontrar e imponer, en su momento, para distribuir el poder entre la gente. Sí, el mismo poder (o ilusión de tal) que corrompe con el paso del tiempo y la aceptación de una posición relativamente ventajosa.
Como tal, sobra decir, no atiné a ver completo el tan comentado traspaso de poderes (al menos al redactar este pequeño escrito). Sin embargo estuve a tiempo para lograr observar algunos acontecimientos dignos de un país sencillo, como este:
En su regreso del punto equis al punto ye el recién juramentado presidente decide hacer una parada en un restaurante. Algo fuera del protocolo, según leo (cosa más aburrida el protocolo, por cierto). El noticiero de momento, en su natural movimiento de intentar crear noticias dónde no las hay (esto es particularmente preocupante en países pequeños, dónde no todos los días acontecen cuestiones importantes relativamente), y en boca de un periodista bien hecho a la idea del funcionamiento establecido en la te-ve se ha dejado decir: “no sabemos que está sucediendo dentro del restaurante”. ¡Pero qué carajos! ¿Qué iba a estar sucediendo? ¿Gente comiendo y conversando? Con seguridad amigos (reales o ficticios, a partir de ahora al presidente le sobrarán amigos) y, como no, comiendo (esto mal leído podría parecer redundante).
Siempre queda la posibilidad que los concurrentes comenzaran… no sé, a intercambiar postales del álbum de moda, entrar en una fuerte diatriba para lograr esclarecer quién es el pokemón más poderoso o simplemente hacer las llamadas correspondientes a los más altos mandos del Nuevo Orden Mundial para ponerse a su entera disposición para lo preciso. Ah no, pero no, nada cómo crear falsas noticias no noticias, para entretener al pueblo expectante de algo, aunque no sepa qué.
Por otro lado, un efecto que debe ser común en capitales cosmopolitas y grandes traspasos de mando: la llegada del presidente con el correspondiente remolino de periodistas, camarógrafos y demás seres de todos los tipos, culturas y colores. Todos ellos interrumpiendo, en un acto bastante mezquino, los intentos de un grupo pequeño de niños que intentaban, con absoluta determinación aunque incierta justificante, danzar en el perímetro que rodeaba al nuevo mandatario. Señoras y señores corriendo de acá para allá, como gallinas descabezadas, que deben correr porque no pudieron tomar las debidas precauciones a tiempo. Mientras tanto el nuevo mandatario, con bastante problema, apenas y lograba caminar. De un día para otro había pasado de ser el tipo cualquiera, profesor si acaso digno de recuerdo, a ser ligeramente el hombre del día.
Debió ser aquello para este hombre como una segunda fiesta de bodas, dónde todos y todas tienen que ver con él. En este caso, claro, con una cuota algo excesiva de participantes.
El pueblo dócil, mientras, muchos en sus trabajos y otros en sus casas aprovechando el asueto, observaban con particular interés el evento. La manifestación más pura de una realidad jubilosa: vivimos en un país tan dócil que cualquiera de estas dos cosas pueden acontecer sin especial interés, es lo que somos y es lo que representa.
De repente me sentí como en esas monarquías absolutistas de antaño, dónde cualquiera quería ver a rey y reina, por el interés mismo que ello generaba.
El tico es que resulta bonachón, la diplomacia del pura vida se impone (ojo fui a ver el aterrizaje del Concorde). La gente comenzó a crecer que la llegada intrínsecamente resuelve el problema o parte de él.
Verdad resulta que llega a impedir la estancia sostenida de una mujer que, en el poder, demostró gran parte de los conceptos teóricos sobre lo que no se debe haber nunca al dirigir una nación. Pero hasta el momento, es el único logro.
Y no está mal, está bien. El reloj apenas ha comenzando a andar para el nuevo gran jefe supremo. Como dicen los entendidos, paciencia y barajar.
Pueblo, eso sí, por otro lado: no nos quedemos dormidos, sin presidente, este país sigue adelante. Sin nosotros, no.
La mejor de las suertes don Luis Guillermo, como no.
RQR