El rey

El rey

Ya tiene uno, en efecto, muchas cosas por las cuales ocuparse como para andar por ahí tomando uno u otro tema digamos fuera del particular ámbito de interés e intentar dar opinión certera (se intenta, no se niegue). Sin embargo, al menos de vez en cuando resulta necesario.

La abdicación, que no resulta más que en una palabra precisa para un evento poco menos que enalteciente como lo es ‘tirar la toalla’, del rey (la minúscula es deliberada) Juan Carlos I al trono español vino a representar para este servidor un pequeño punto de alegría no relacional en esta mañana de lunes. Y resalto lo relacional principalmente al tenor de mi absoluta falta de vínculo directo con el alto mando del país ibérico. ¡Pero qué más! Se va de la cabeza monárquica un dinosaurio casi fosilizado lastre de años, terror de elefantes.

No se interprete de forma incorrecta, mi correlación con dichas figuras prehistóricas no intenta aún de lejos socavar el valor de las personas en torno a su edad, sin embargo dicha figura como esencia de lo que en algún punto fue considerado una modalidad de gobierno útil. Útil dice uno, por no querer aceptar la realidad de la imposición histórica.

Poco duró la dicha puesto que dicta la norma absurda monárquica que sea la descendencia del gran poder la que retome la posición vacante. Linaje, dicen los muy descarados. Dentro de poco tiempo tendremos, pues, la figura rebuscada de un príncipe convertido a rey con todo el beneficio, latente principalmente para el vulgo, que ello trae.

Felipe de Borbón al poder. Aún al poder falso que se pueda llegar a obtener atrás de una monarquía constitucional como resulta ser aquella. No resulta esto, sin embargo, culpa de él. Después de todo nació en cuna de oro con la idea teórica y práctica instaurada de llevar por dentro sangre real. Digamos con claridad sangre que, por mor del Hado agraciado y complaciente, le da a él y su correspondiente descendencia (a su vez) uno que otro privilegio respecto al resto de mortales que se la deben apañar a cómo puedan.

Imposible se me hace, en serio, ocultar o siquiera disimular mi latente aversión ante tal clase de absurdos.

Trascendiendo la distancia temporal-espacial-real (incluso) logro ver en dicha institución (la monarquía) cierto valor de acuerdo con el momento vivido. Una Monarquía, aún ficticia, como la de Winterfell -ando en esta nota- logra rescatar de su imposición motivo en la existencia relacionado con la lucha activa por los pobladores de sus tierras. Esto aunado a la templanza que en los defensores del reino exacerba la pertenencia a la suma autoridad y respecto sobre su representante.

Pero, en cambio y supera la realidad a la ficción, la monarquía constitucional española ni lo uno ni lo otro. Tal como otra suma de monarquías actuales… Pero no nos desviemos, España (lo digo desde la tangente) lleva ya varios años en una posición complicada: los problemas con seguridad venían desde antes, la inserción en la UE pudo representar para ellos beneficio alguno, pero resultó ser la pomada canaria caduca. No venían sus problemas del cambio de peseta a euro, ni del último gobierno (aunque con seguridad esto ayudó al detrimento posterior) sino, posiblemente, de cambios naturales y cíclicos históricos que resultaron demostrar que cuando algo comienza a demostrar ser ineficiente deber ser corregido antes de generar más y más problemas.

No digo que la monarquía de facto sea la causante de dicha situación, pero tampoco ha sido con precisión motivo alguno de mejora o corrección.

La monarquía, cómo cualquier otro gobierno por la fuerza, sigue ahí por la inercia de los años y la desazón que podría provocar, principalmente para los beneficiados, su supresión inmediata. España elige a sus representantes, para bien o para mal (por allá también tuvieron su respectivo José María) pero al abrigo de sumo acuerdo entre los suyos. Mientras el rey sigue inamovible. Cual dinosaurio resistente a la extinción práctica. Desafiando por completo las leyes evolutivas, principalmente aquella que versa que lo que no sirve acabará por desaparecer.

Espero de verdad, no con cierta desatención que (como cité arriba) tengo otros motivos más cercanos de cuido inmediato, el día que me levante y el pueblo Español decida, mediante respectivo referendo (o lo que proceda) echar abajo tal clase de adefesio anacrónico de su diario vivir. El valor histórico, y no dudo que lo tuvo, quedará; pero en la memoria y no en la práctica, puesto que motivos de mayor urgencia deberían ocupar a un país en problemas. Ni se diga que dicha abolición procediere de un acto de común humildad de los altos representantes de la corona, el rey a la cabeza. Sería una de las mejores manifestaciones de cordura y tino vistas desde hace mucho. Pero esperar esto pareciere más que imposible, después de todo, ¿quién así de acomodado decidiría por mutua voluntad alejarse de sus beneficios naturales? ¿por qué voluntariamente dejaría mi zona de confort para tener que enfrentarme a los mismo desafíos que el resto del pueblo?

Pero en fin, tenemos tiempo. Paciencia y barajar, como reza la norma. Con seguridad llegará el día que la cabeza del rey deba salir a la calle, enfrentarse a lo mismo que sus iguales: sobrevivir.

RQR

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