Saben.

Saben.

Uno, realmente, lo intenta. No es que lo logre, o no lo logre, pero lo intenta. Sin embargo, llegado cierto momento, no sé, nos queda esa desazón general: deja de ser el qué, deja de ser el cómo y comienza a ser el por qué. El por qué es un tema que se las trae en mi mente, desde hace muchos años.

Lo sé, la fuerza vital, suma promotora de todo lo que nosotros esperamos acontezca. Ja. De repente recuerdo aquel viejo librillo de apuntes, ¡qué no daría por el ahora! Es como un motivo, uno más, ya sabemos que disponemos de algún norte, siempre deberíamos de tenerlo. Pero el norte, resulta, no responde al por qué sino al dónde, a lo sumo con ligeras pintas del qué.

He tenido días mejores. He tenido días peores. No deja, sin embargo, de preocuparme la máxima irreversible (mil y una veces citada por acá): el tiempo, amigos y amigas, lo destruye todo.

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