Carta de un suicida (jamás escrita)
Al igual que a la mayoría de ustedes, también me gusta sentir el sol en el rostro durante una fría mañana de verano. Asimismo, gusto de sorprenderme. De amar, de sentir, fui aprendiendo a lo largo de la vida que los golpes llegan -usualmente- de imprevisto y debemos aprender a lidiar con ello. Dicta una regla tácita que todo lo desconocido parece magnífico, y es que claro, disfruto plenamente de aprender, de crear. En el fondo, por tanto, podría decirse que no somos tan diferentes. Usted de mi, es decir. Salvo por un detalle: he tomado la decisión de quitarme la vida.
Ya sé, no es un tema grato de conversar ni de tratar. Pero es lo qué es. Llegado este punto no es preciso intentar apelar al entendimiento, ambos sabemos que no dispone (ni usted ni yo) de algo más preciado que la vida. Seguirá siendo, durante muchos años espero, el instinto de supervivencia el que de motor a tanto de lo que hacemos; espero, curiosa aplicación del verbo en vista que un instinto no depende de uno ni de muchos, es algo que se lleva y que solo quizá la evolución logre cambiar.
Retomando, lo dicho pues. Se acabará para mi. Yo sé, existen salidas mejores. También sé, claro, lo que se dice: aquello que resulta esta ser una solución definitiva para un problema temporal. El viejo y algo trillado ‘son los suicidas los más valientes y los más cobardes’. Y el siempre manifiesto ‘solo alguien muy perturbado lo haría’. Como tantos otros fenómenos relativamente aislados (digo relativamente porque basta comenzar a ver algunos números para darnos cuenta que no es algo que pase una vez cada eclipse de sol) lo que suele sobrar son juicios. Todos tienen algo sobre lo que opinar, pero no siempre atienden sobre lo que, desde este lado, se necesita decir. No, ni la solución es solución (ni con certeza absoluta podemos definir es o no definitiva), ni el problema que me atiende lo doy por eterno. No me considero particularmente valiente, pero tampoco me declaro cobarde con facilidad. Y, claro, tampoco resulta ser mi decisión resultado de una perturbación perenne. Como tantos otros temas, el solo hecho de siquiera pensar en generalizar da al traste con cualquier valoración objetiva sobre un tema tan complejo como el expuesto: el deseo de acabar, con propia voluntad y conocimiento de causa, mi vida. Ya lo sé no hay forma que expuesto de esta forma suene bien. Es más, expuesto de cualquier forma creo que igual no sonaría bien. Pero no nos demos por vencidos, permítame explicarle un poco.
Primero lo primero, y aunque retome lo dicho antes, sé que no es una solución (que por naturaleza suelen resolver algo) y que existen otras salidas, habitualmente algo más enaltecientes (y menos dolorosas). Sin embargo, en mi particular, puedo decir que no con poca cavilación -y quizá algo de vacilación, en momentos tempranos de análisis- la decisión resulta justa, adecuada y certera en virtud de mi historia personal. Deje y le explico.
Sabemos que no es este mundo, especialmente, un mar de amor y buenos sentimientos. Está claro. Esto, sin embargo, no hace que la mayoría desee partir de él pronto. Me incluyo entre ellos. O me incluía más bien, pero haga el favor en no precipitarse con las ilaciones. Disponemos claramente de un impulso vital, llamemos, que nos hace día a día querer salir allá, a la jungla, a poner nuestro ladrillo en la construcción (llegado este punto el uso de figuras literarias no será tan mal visto). Ese impulso vital, esa fascinación por querer buscar balance manteniendo la vida (sabemos que la vida es un constante movimiento en pro del orden), ese sentimiento de caos que espera ser resuelto (por nosotros, claro), tiene la particular condición de sufrir desgaste. Nótese como el insisto de vida, como tal, puede permanecer inalterado durante el proceso. Como todo buen instinto, no desaparecerá ni en una generación, menos aún en una vida. Pero el impulso, esa fuerza vital antes descrita, suele sufrir un poco más luego del día a día. Del mes a mes. Del año a año. No es cuestión de tiempo, y así lo confirmará el hecho de poder conocer de suicidas en todos los grupos de edades, es cuestión de fondo e impresión sobre dicho proceso.
No es que uno llegue y un día, sin más, decida que ha sido suficiente. No niego que puedan existir casos (lo vasto del ser humano lo propicia), pero no considero sean los más. La pérdida de fascinación por lo cotidiano, la aceptación de lo cotidiano, lo aparentemente sofocante de nuestras tribulaciones momentáneas, nuestro desgano generalizado sobre la necesidad de tender al orden, en fin, estas y tantas otras cosas son las que nos hacen aceptar y comprender que se debe dar el paso.
¡Claro! Una vez más, sabemos y aceptamos que existen otros caminos, negarlo sería obstinado. Pero de momento no nos atienden con particular cuidado. Son ópticas, ambas igualmente respetables. Solo que su deseo de conservación muchas veces nubla la capacidad de entendimiento sobre lo citado. O quizá no.
Este tipo de cuestiones, por suerte, no se convierten en definitivas hasta que se consuma el acto. El vil acto, escribí hace solo segundos para después eliminar la palabra sobrante. Y muchas veces, por suerte y dicha, no pasan de intención sofocada. Y es que, incluso yo no podría negarlo: una consideración de suicidio no consumada es un gran éxito para la humanidad. Sí, la humanidad. Demuestra en gran parte nuestra nuestra posibilidad real de sobreponernos a la catástrofe, antes que llegue. Mas, no siempre el resultado es el que podríamos considerar idóneo. Idóneo no por correcto o incorrecto, sino idóneo por su peso práctico sobre nuestra vida, futura y presente.
Yo sé que será difícil. Más para mi que para ustedes. Aunque lo más difícil para mi será tener que lidiar, ahora, con el sentimiento de desazón que dejará mi partida sobre mis seres queridos. Tienen que saberlo: hicieron siempre un excelente trabajo, con altibajos como todos (me incluyo), pero en términos generales, no puedo poner queja. No sé trata de aquel viejo amigo que cuando más lo necesitaba no pudo estar. O por aquella pareja que cuándo todo parecía ir bien, falló. No, es mucho más que eso y tiene más que ver conmigo que con el resto. Cada uno de todos los pocos (o muchos) que tuve oportunidad de conocer, con los que tuve oportunidad de tratar, reír, disfrutar y llorar, todos y cada uno, fueron importantes y siempre guardarán un lugar en mi memoria. Este debe ser uno de los usos más legítimos de aquel viejo y poco apreciado ‘no sos vos, soy yo’. Pues sí, soy yo.
¡Claro! Hay cosas del mundo material/espiritual que nos inclinan más a esta salida, que los problemas, que las deudas, que los desengaños, que la frustración, que el dolor, que la aceptación de una realidad, en fin. Tantas cosas que, como un todo, tienen influencia pero no correlación directa. Porque podemos saberlo o aventurarlo, ficha determinación no resulta propia de una clase social, de un grupo sectario, o de un tipo de individuo particular. La propensión a la introspección, por ejemplo, no es síntoma claro de algo así. Pero tampoco, por ejemplo, la extroversión imposibilita o injustifica el llegar a este punto.
Cuando hemos alcanzamos ese punto máximo, ese punto máximo de no retorno, ya no hay palabra que valga. Porque deja de ser un tema de palabras y comienza a serlo de naturaleza. Por la vida aprendí que no todos los motivos requieren un por qué justificante. En el fondo, asimismo, somos nosotros los que decidimos, sin importar mucho lo que tengamos más allá.
Que este momento no detenga por completo sus vidas. No, la vida sigue y -como dicta el saber popular y la ciencia- todos vamos por el mismo camino, solo que unos decidimos irnos antes. Decisión correcta o incorrecta, valerosa o cobarde, creo que llegado este punto es lo que menos importa. La vida seguirá siendo, hasta que se demuestra fehacientemente lo contrario, un milagro absoluto. No en términos biológicos, que ya vamos comprendiendo cada vez más el por qué de las cosas, pero sí en términos espirituales. El balance de la vida se compone justo de esto: unos que se van, otros que llegan. La gran diferencia mía respecto al resto estriba en mi capacidad voluntaria de decidir sobre algo que muchos desean ignorar: algún día moriremos.
Pero por mientras, estamos vivos y la vida es hermosa, ¡hay que disfrutarla! Sí, claro, noto la completa incongruencia sobre lo que dicto y hago, sin embargo, resulta que en los últimos párrafos dejé de hablar un poco de mi y comencé a hablar un poco de nosotros. Porque, quede claro, no podemos ser tan egoístas en pensar que solo uno de los dos goza de razón y verdad absoluta, sobre este o cualquier otro tema.
Ha sido para mi, confieso, un gusto compartir este planeta tanto con ustedes como con otros que nunca conocí, o conoceré. Solo que ahora, yo, decido el momento del adiós. Quién quita y nos volvemos a ver, después de todo, todo lo ignora quién de nada duda.
Adiós.
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nde. Todo el relato anterior se extiende de una situación completamente ficticia creada enteramente para poder esbozar uno de los procesos de pensamiento que podrían llevar a una persona a querer acabar con su vida. No existe relación alguna con suceso del mundo real ni pone énfasis en algún interés particular. Si Casualmente llegó a este texto y está considerando la opción de quitarse la vida, por favor, le insto a comunicarse de inmediato al 911 y pedir ayuda sobre su situación. No existe nada definitivo hasta no indagar la totalidad de opciones disponibles que, habitualmente, suelen ser muchas. Y bastante eficientes.