Abelardo.

Abelardo.

No se piense que su fortuita similaridad, en nombre, con el reconocido pajarraco amarillo hacía del nuestro un Abelardo desenfadado. Los primeros años de Abelardo le fueron marcando, como a todos. Desde pequeño comenzó a ver mas no comprender la naturaleza del ser humano. Su nombre favorecía el abuso, no es que esto tuviese sentido, pero era lo que era. Una vez más. Sin embargo, lo que a unos reducía a nuestro protagonista enaltecía. Nunca fue el mejor peleando, pero siempre fue el mejor intentándolo. Y ya se sabe, cualquiera guiado por la ira logra más que muchos guiados por su destino manifiesto.

No era la primera, ni sería la última. Del viejo chevy había retirado los asientos traseros. No eran necesarios. Vidrios tintados, lo máximo dentro de la legalidad. No llamar la atención, era solo por eso. Particularmente curiosa la tendencia de Abelardo a no querer romper la ley en lo referente al tinte máximo de los vidrios de su chevy pero no en lo concerniente a quitar una vida. Los agujeros del capó trasero se habían hecho con especial cuidado, siempre se disimulaban con el correspondiente emblema. En aquel entonces los emblemas de los vehículos se colocaban en los laterales, no en el centro, pero aquello parecía solo una excentricidad más de Abelardo. Después de todo, ¿por qué no? Un THOR M408 descansaba bajo una lona, que en otras ocasiones le habría servido de cobija. Ese era un regalo que no cualquiera se podía permitir, un rifle de 11.500 dólares, precio de lista, no está a la mano de cualquiera. A decir verdad, no era algo que él se pudiese permitir, pero con esfuerzo lo habría logrado. Él pensaba que su labor sería titánica, y requeriría lo mejor de lo mejor, nada más. El freno de boca del arma había sido eliminado y sustituido con un silenciador. En aquel estado no eran legales. Eso habría representado un problema. No tanto el rifle, que sí era legal, aunque había sido modificado de forma tal que lo librase de problemas. Ustedes saben.

Cuando su madre lo vio venir aquella tarde, con un diente roto, golpeado pero orgulloso supo lo que se le vendría encima, durante muchos años más. Para la madre era la primera, pero Abelardo sabía que no. Varias veces había bajado la cabeza, esperando el flagelo. Se pensaba débil e incapaz. Hasta esa tarde, nunca se habría preguntado por qué, pero se sabía tal. Es uno de esos crasos errores que cometen los niños, algunos jamás llegan a comprender la verdad, terminan su vida bajando las orejas ante la mínima. Abelardo pudo ser de esos, pero Ignacio se lo impidió. Ignacio, sí, Nacho. ¿Cómo más decirle? Nacho era el duro del salón, nadie se metía con Nacho, por ningún particular, pero era el matón. No era muy listo, dónde Abelardo se interesaba por mecánica y física, Nacho se interesaba por tranzar pornografía entre sus compañeros, le reportaba un beneficio económico bajo, pero suficiente (a esa escala) para dar sensación de seguridad. No era la primera vez que Ignacio se acercaba, acompañado por su grupo de matones, a Abelardo. La personalidad introspectiva de Abelardo al par de sus gafas redondas daban material suficiente para burlarse por horas y horas. Nuestro hombre tenía problemas de visión, hace solo una semana usaba lentes de contacto, sin embargo, eran ya varios años usando los lentes de pasta. Le había suplicado a su madre por unos lentes con vidrio transparente, solo para los primeros días, ya no los necesitaría, pero por lo menos estarían ahí, cubriendo su rostro temeroso. Ignacio llegó aquel día un poco más enojado de lo normal. Sus colegas reían, sabían lo que venía. Abelardo, sentado en la mesa, leía sobre parábolas, parábolas como fenómeno físico, no vaya a creer. Ignacio hizo arrancadas las gafas del rostro de Abelardo con un golpe. Acá no contaba aquello de no golpear jamás a un hombre o mujer con gafas, era la secundaria. Siempre le había causado gracia (aún nos preguntamos por qué) ver a Abelardo confuso y perdido, buscando sus gafas. Los señalamientos y las risas apuntaban a Abelardo, que había quedado algo aturdido, el golpe rozó su cien. Esta vez, sin embargo, Daniel notó algo. Daniel era un amigo de Ignacio, dentro de su crew, se sentían seguros: esta vez Abelardo no hizo a buscar las gafas, observó exacto dónde estaba Ignacio. De todas las miradas, sin embargo, esta preocupó particularmente a Daniel: era la misma que tenía su padre cuando, por las noches, fundido en la ira absurda que solo da el consumo desmedido de alcohol, golpeaba a su madre. ¿Qué había pasado con Abelardo?

Cerró el vehículo, salvo una parte pequeña de la ventana. Tenía que respirar. El calor era sofocante, imposible, pero él lo haría posible. La posición era la justa, en una loma, alejada de todos y todo. Y a los que no alejaba, los disuadía un tinte oscuro que no permitía pasar nada. Su frente sudaba copiosamente, era incómodo pero no imposible. Con peores cosas se había encontrado. Alojó el .408 CheyTac en su cámara respectiva. Siempre usaba solo un proyectil, si fallaba -que hasta el momento no lo había hecho, bajo estas situaciones- se retiraba. El Hado le guiaba, o así lo pensaba. Ya comenzaba a contener la respiración, por mejor ejercicio, no dispararía hasta dentro de unos 4 minutos, cuando Iván saliese de su taberna favorita. Iván era culpable. Pero para todos, seguía sospechoso. La vida de Iván había sido difícil pero, me concederá, eso no le facultaba para, ante una negativa en un robo disparar. Con aquel disparo se llevó pocos meses hace la vida de Isabel. Cuando Iván entró a aquella farmacia Isabel, la recepcionista, se aterró. Sabía poco de armas, pero aquella Beretta 98A1, negro reluciente, se veía demasiado peligrosa. La raya de cocaína se acababa de diluir en el torrente de Iván. Isabel lo quería entregar todo, pero en un ataque de pánico, cayó al suelo, golpeó el teléfono que tenía debajo de la mesilla. lo recogió de inmediato pero, al quererlo devolver, quedó con el auricular en la mano, hincada a la altura de la cintura de Iván. Todo fue muy rápido, un cliente (que todavía merodeaba) salió corriendo y golpeó la puerta, fuerte, muy fuerte. Iván siempre andaba su arma sin seguro, sí, era un imbécil de poca monta. El percutor activó el mecanismo y solo fracciones de segundo luego, la bala atravesaba el ojo izquierdo de Isabel. Se había convertido en un riesgo, o así lo vio él. Tomó lo que pudo, y corrió. El vehículo lo esperaba fuera, Isabel yacía dentro. Aquel día ya no regresaría a casa. Esto era triste, llegado su momento, Abelardo haría justicia, de ese tipo de justicia jamás comprendida.

Abelardo tiró el primer golpe. Fue a las costillas de Ignacio, Daniel no lo podía creer, ese joven de lentes siempre era dócil. ¿Qué pasó hoy? El golpe no fue suficiente para sacar el aire del cuerpo de Nacho, quién de inmediato atinó a golpear la mandíbula inferior de Abelardo. Nacho tenía mucha más práctica y fuerza, pero no más ira. El choque entre los dientes provocó que su incisivo derecho de desprendiese. Sintió algo en su boca, casi traga su pieza dental, pero logró escupirla a tiempo. El sabor ferroso ya era bastante. Apenas logró levantarse cuando una patada en el estómago lo imposibilitó de nuevo, y le sacó el aire. A él sí. Se asustó, se aterró, pero luego recordó. Su amigo, Zero, le había regalado hace poco un puño americano. Lo andaba en la mochila. Sabía para qué servía, pero jamás se le hubiese ocurrido. Hasta aquel día. Nacho se le acercó y lo escupió, directo al rostro. Para él había terminado. Abelardo se quitó la suciedad de encima, y se arrastró un poco a su mochila. Primer compartimiento. Ahí no. Segundo compartimiento, ahí sí. Se lo encajó rápidamente en su mano izquierda y se levantó de nuevo. Nacho lo vio levantarse, y -claro- supo que tenía que tirarlo una vez más, era cuestión de orgullo. Se acercó riendo a Abelardo cuando, sin que mediara palabra alguna, los nudillos izquierdos de Aberlado, ahora recubiertos de acero, se precipitaban sobre el pómulo derecho de Ignacio. Jamás había sentido Ignacio un dolor igual. El acero rebanó la carne contra los dientes. Pensó que le debió tocar un nervio molar, aquel dolor no era común. Cayó hincado. Abelardo sostuvo su cabeza con la mano derecha. Era para Daniel imposible cerrar la boca. Con fuerza jaló la cabeza de Nacho para atrás. Nacho intentaba decir algo, pero ya era muy tarde. Había dicho suficiente, cuando pudo. Tiró del cabello de Nacho dejando expuesta la mandíbula. Subió el puño izquierdo, ahora recubierto por acero y sangre (propia, el puño americano no es precisamente un arma noble) y, entonces, golpeó. Con toda su fuerza, que no era mucha, pero fue toda la precisa. Los receptores del dolor de Nacho hicieron bien su trabajo, de desmayó de inmediato: el golpe deformó horriblemente el mentón, quebró varios dientes, arrancó otros de tajo y le hizo morderse la lengua. El espectáculo era dantesco. Abelardo subió la mirada a los demás: -esto es lo que pasa cuando no respetamos los límites, se limitó a decir. Daniel estaba aterrado, temblaba como no lo hacía. El estínfer de Nacho se había relajado hace segundos, la mancha en su pantalón explicaba el terror.

Iván salió a fumar, siempre salía a fumar. El mismo tipo de cigarrillos. Hombre predecible. La mirilla telescópica de Abelardo estaba ya destapada, veía a través de ella el rostro de aquel mal hombre y sentía asco. Terminar con Iván no lograría devolvernos a Isabel, hace ya un año sus familiares se habían hecho a la idea. Pero Abelardo no era un familiar de Isabel. Ni de Iván. Aberlardo iba, como siempre, en su chevy de camino a la farmacia, lo usual, un analgésico. Cuando aquel hombre, salió corriendo de allá. Algo no le gustaba, había escuchado la detonación. Corrió dentro, solo para confirmar que Isabel ya había muerto.  Acababa de encender el cigarrillo y lo llevaba a sus labios cuando aquella bala atravesaba su ojo derecho. Aquella no era una bala de Beretta, era un .408, partió la cabeza de Iván en dos, como si fuera un melón que cae desde un quinto piso. Un melón particular, que se parte en dos luego de esto. Del cañón del THOR apenas salía un ligero humo, 183 metros más allá la multitud se acercaba al cuerpo inerte de Iván, una vez más, aterrados, pero ya no había nada que hacer. Nadie sabía qué había pasado, era como si de repente, a este pobre diablo, le explotase la cabeza.

Una leve risa se dibujó en el rostro de Abelardo. Todo en la vida tiene un precio. Él acababa de cobrarlo. Dejó el rifle y se acomodó de nuevo en su chevy, debía retirarse del pueblo por una temporada al menos. Gente como Iván; gente como Nacho; tenían eso en común: jamás aprendieron a respetar, hasta que fue muy tarde.

RQR

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