Escribir sencillo. Escribir complejo.
Ayer vi una publicación de uno de mis amigos en Facebook dónde apelaban, por varios motivos, a la escritura clara y sencilla, que todos pudieran comprender con relativa facilidad. De inmediato me vinieron a la mente varios motivos por los que esto efectivamente es adecuado, pero tantos otros por los que no.
En mi juventud (ejem) leí casi todo lo que se me ponía al frente (y obvio me generase interés). Casi moría de risa con las aventuras del anti héroe de Eduardo Mendoza. Me entretuve por largas horas con la narrativa de misterio de Agatha Christie. Aprendí mucho sobre uno de los movimientos de segregación racial más extendidos en los EEUU (el KKK) con David Chalmers. Leí la postura sobre el estado nacional socialista alemán por parte de su cabeza, en aquel entonces encarcelado. Pasé incluso ratos divertidos leyendo El Alquimista (sí, Coelho tampoco me parece pésimo). Me divertí enormemente imaginando las aventuras de Crusoe y Viernes, que muchos no saben todavía que Náufrago y Wilson se idearon en la mente de Defoe hace años. Y así tantos otros, tampoco quiero saturar.
Sino embargo, también me enfrenté a obras mucho más complejas de leer que en su momento quizá a otros habrían hecho tirar la tapa, pero no. Imaginé un futuro distópico dónde reinaban las ratas por sobre los humanos (gracias Günter por esa obra magnífica que aún traducida al español nos deja tanto): La Ratesa. Conocí de la turbada infancia de Oskar Matzerath (nuestro señor Matzerath) en su confuso Tambor de Hojalata. También leí uno de los monólogos más largos del mundo (a la de menos el más): Cristo vs. Arizona, sí, una particular forma de retratar los acontecimientos de OK Corral durante más de cien páginas con un solo punto. ¿De quién? Del grande, de mi escritor favorito de todos los tiempos modelo a seguir, el gran Camilo José Cela Trulock. Con él también debí aprender a abrir la mente para seguir hilos narrativos múltiples (La Colmena). O me vi profundamente sorprendido por el tremendismo que comenzó a asomar con la insigne Familia de Pascual Duarte (porque yo, señor, no soy malo; aunque no me faltarían motivos para serlo). Me perdí por completo con aquellos dos cursos de filosofía que lleve de forma optativa en la universidad pero que me resultaron la mar de útiles posteriormente: uno no conoce a Tristan Tzara por error, por desdicha. O lo mismo para el gran Breton. Ni a Duchamp. Ni al mismo Kerouac (que On The Road aún no nos suena conocido a todos donde debiera). Tampoco fue fácil seguir adelante leyendo el máximo posible de El hombre sin atributos de Musil, pero lo hice.
Claro, no todo terminó bien, abandoné a Nietzsche un par de horas luego de comenzar su Así habló Zaratrusta, y aunque me forcé en serio con El Anticristo no lo conseguí. Igual me pasó con Homero, pero por aburrido (para mi jaja). No tuve tantos problemas con Maquiavelo o Platón, pero sí con algunos otros…
En fin, cada obra compleja o no, tiene su objetivo. En su momento debí indagar más a fondo siquiera para entender un párrafo de Grass, pero tuvo sentido, de repente vemos como nuestro léxico mejora y nuestra capacidad de síntesis para lo complejo mejora considerablemente, y ni se diga para comprender y leer rápidamente textos sencillos. A mi me gusta escribir así, cosas la mar de sencillas, y cosas que nos demanden un poco más, menudo sueño sería a futuro, poder lograr en otros (por ejemplo) una pizca de lo que Cela logró en mi persona.
RQR (Sí, firmo RQR en honor a Camilo José y su habitual CJC)