Etéreo.
Te transforma. O quizá no. Nunca pasa en vano, pero no siempre pasa por algo. Más que un fenómeno es un evento, un evento de esos que simplemente se asumen, no se controlan.
El poder de la imagen se sustenta en su naturaleza esperanzadora. Solemos retratar los mejores momentos, y descartar los peores. Lo usual. A veces olvidamos lo que fue posible, en algún momento, asumiendo lo que es posible, con lo que tenemos ya.
Es impasible, desgarrador cuando corresponde, pero agraciado cuando es menester. Es el medio, no el fin, siempre aislado, pero presente. Cuando creemos que ya más o menos todo está bien, llega y desordena lo previamente acomodado. No se cansa, porque no existe más que en su contemplación. O si lo hiciera, de poco serviría. O de mucho, que la observación no fomenta la existencia del suceso.
Lo vemos desde la ventana. Lo vemos desde el jardín. A diario lo olvidamos, pero a diario nos rige nuestra forma de vivir. Nos condiciona, y se espera que conforme a un punto de referencia inicial, nos aleccione. Nos recuerda con cierta periodicidad, no exenta de dolor, que existe. Que somos de él, y que tarde o temprano reclamará lo que le corresponde.
Fomenta la experiencia, que nos forja como mejores o peores personas. Forjar aplicado a seres humanos, como si hiciéramos algo más que solamente flotar. A veces corre, a veces se arrastra. A veces, pocas veces, se detiene. Y suele ser en los peores segundos, o uno que otro mejor.
Es, después de todo, el único que lo destruye todo. Sí, todo. Gracias Gaspar Noé, por recordarnos nuestra subjetividad.
Gracias, Tiempo.
RQR