Ocaso
Leo que Dave Mirra ha muerto, a los cuarenta y uno. Sospecha de suicidio. A este señor lo conocí de muchacho: en su momento se hablaba de él en la calle, en el mismo momento que marcas como Osiris y Globe estaban de moda.
Suicidio, ese gran tabú (uno más) del que la mayoría fuerzan saltar. Y es normal, es un tema incómodo. Al margen de lo que resultase ser a futuro, llega el tema y la opción para barajar. ¿Por qué?
Yo, particularmente, respeto mucho al suicida. Sí no soy de los que piensan que ‘solo dios’ quita una vida. Con esto no declaro que acepto su resolución, de hecho sigo por norma considerar el suicidio una solución permanente para un problema temporal (la mayoría de los casos). También respeto a la mujer que decide abortar. O al anciano que, en su sufrimiento final, decide cesar su vida (si lo dejan, que la eutanasia sigue siendo mal vista en muchos países, el nuestro por desdicha, entre ellos). También respeto al tribunal que, previas valoraciones exhaustivas, decide que una persona debe morir (encontrada culpable de múltiples o no crímenes contra la vida). Este tipo de extremos, ya luego más de dos años de ser la temporada de la vara quebrada, nos hacen recapitular sobre por qué, para qué, cómo, cuándo y claro, ¿cómo evitarlo?
El suicida alcanza el punto máximo de no retorno. Aislado o no, decide sin previo consentimiento de tercero o segundo, salvo que ese tercero o segundo esté dentro de su mente. El suicida no ve, con seguridad, salida. Y es tal su impotencia o desgano, que no da más. Podrían ser otras cosas, claro. Cansancio, duda existencialista, análisis exacerbado de por qué, etc. Pero el suicidio, claro por definición, seguirá siendo decisión de uno. Decir que lo más valioso que tenemos es nuestra propia vida, para mi, sería obvio. No obstante, pensaría que no. Una de las más claras (o no) pruebas de esto es la actitud de una madre respecto a su hijo. Indican aquellas darlo todo, incluso su vida, por la de su progenie. Pero, en situaciones de tensión, ¿el sentimentalismo gana en esencia al instinto? Sí, ese instinto de supervivencia, que no depende de nosotros. Cómo tampoco depende de nosotros, propiamente, quitar la mano del disco caliente o la mirada del sol. Mis tesis son varias, pero su prueba resultaría tan macabra e innecesaria que, la verdad, lo paso por alto.
Siempre digo, mitad en broma, que la todo tiene solución salvo que muerte que, quizá, a la postre resulte ser la solución definitiva a un problema invisible. Si todos tenemos un momento, incluso el del suicida estaría escrito. Sino, lo estamos escribiendo sobre nuestra marcha.
Un aproximado de 842000 personas murieron de esta forma en 2013. 712000 lo hicieron en 1990. ¿Qué hace que nos números crezcan?
Siempre tengo presente The Happening, aquella pésima obra de Shyamalan. Suicidios extendidos, porque sí. Al final el motivo es bastante absurdo, pero queda la idea de, ¿y si pasara?
Resulta posible que para el año pasado o este, los números estén superando ya el millón de bajas.
Sería una pena que este llegase a ser nuestro ocaso extendido, comenzando ahora.
RQR