Kristal
Dentro de una conversación informal, hace unos días, una compañera me decía que la idea de Kristal -el banco rosa- era, en esencia, buena pero mal ejecutada. No pude sino diferir de inmediato de esto, naturalmente, sin embargo no cavilé sobre esto, hasta el día de hoy.
El rumbo de la historia, que tantos tumbos suele ir dando, nos ha enseñado que de una u otra forma el camino de la integración es el adecuado. Las agrupaciones sectarias (KKK, skinheads), los movimientos de segregación racial (Apartheid), la ausencia de poder de voto femenino… todo esto ha ido quedando atrás. Quedan aún, claro, rastros de esto. Pero cada vez menos.
Cuidado. No estoy comparando dos incomparables, estoy haciendo un recuento rápido de algunos de los más recordados movimientos de separación. No deja, sin embargo, de resultar extraño que ya entrando en el 2016 nos quieran hacer partícipes de una tendencia bancaria que fomenta divisiones de género. Y, es más, que dice comprender las necesidades particulares de las mujeres, cómo si fuesen estas -a nivel financiero- sensiblemente distintas a las de su contraparte masculina. Cualquiera un poco versado en economía básica comprenderá que la búsqueda del interés más bajo para préstamos, el más alto para depósitos, las mejores condiciones de pago a plazo, el acceso a financiamiento para inversión sencillo (entre otros) son materia de interés conjunto entre hombres y mujeres. Es más, hasta hoy, jamás había llegado a pensar que dicha diferencia fuese a ser esgrimida en una campaña publicitaria.
Y resulta que, adicional a esto que asusta un poco (la imagen de la tasa de interés en tarjeta de crédito que anda rodando por ahí doy por sentado que es un error) está el tema de la construcción sólida basada en estereotipos: el palo rosa. No tengo nada contra el rosa, sépalo, pero convertirlo en espada de batalla de un frente que insta a la exclusión de género… no sé, no me termina de convencer. Y por si fuera poco, ¡castillos! sí, castillos. El pasado fin de semana de paseo por el nuevo templo al consumo alajuelense he visto el castillo falso rosa más grande del que tengo memoria. Casi caigo contrariado al ver la larga fila de personas a la espera de la fotografía de rigor, hasta que caí en cuenta que la mayoría de los ahí presentes eran niños (bueno, niñas) a la espera de su momento. No hagamos de niños problemas de adultos, pero tampoco los dejemos a su suerte.
Y es que, saben, la instauración de patrones de género nos ha afectado desde siempre, y en ambos sentidos, pero no por ello debemos institucionalizarlo. Sin ir muy lejos recuerdo cómo, por ejemplo, siempre generaba un poco de revuelo mi latente apatía por temas relacionados por fútbol. Nunca me interesó el fútbol (aunque ahora igual lo veo en ocasiones), pero esto era complicado. En la escuela cuando regalaban bolas de fútbol, tocaba recibirla. Algo se hacía. Tampoco jugaba con muñecas. No sé trata de eso, sino justo de todo lo contrario: eliminar esa dualidad absurda que nos encasilla en uno u en otro. Cada uno tiene y tendrá gustos y preferencia, pero por nuestra condición de seres humanos decidiremos, no guiados por nuestro sexo.
Con seguridad, claro, requerirán las mujeres de herramientas financieras que se adapten a sus particulares. Como con seguridad sucederá a ciertos hombres. No veo el problema en ello, y creo que nadie lo ve. En Costa Rica existen muchas mujeres en condiciones particulares que requieren de un empujón extra. Pero también hombres. Madres solteras. Padres solteros. Mujeres emprendedoras. Hombres emprendedores. Familias emprendedoras. Grupos mixtos de emprendedores. Es realmente extraño estar pensando en esto ahora, las soluciones bancarias habitualmente están pensadas para ayudar a dos: al público y al banco; pero de repente vemos como con algunas de estas se comienzan a pensar como propias de mujeres. ¿Por qué? Ande usted a saber. Yo aún me pregunto, en serio, cómo fue que a ninguno de los implicados en el concepto se le vino a la cabeza decir: pero, ¿y esto no parece algo excluyente? pienso que quizá pasó, pero también quizá miradas de ira le hicieron desistir en su postulado. Lástima.
Ni las mujeres son de Venus ni los hombres de Marte. Ni el rosa es femenino o el azul masculino. Son colores y punto. Y cada cual los usa como mejor tenga en consideración. Como tal, no tengo problema con el rosa (por ejemplo) pero sé que privará durante estas primeras etapas el estereotipo, y eso no debería fomentarse. Ya veremos en qué termina toda esta novela, si es que termina.
RQR