
A nadie le gusta la guerra. Y si existe alguien que indique gustar de ella es altamente probable que no la haya vivido. Esto no conlleva, sin embargo, que podamos afirmar que no es necesaria.
Vea rápidamente la imagen que acompaña esta publicación. Todos esos son objetivos del Estado Islámico atacados por la colación que, de no haberse destruido, seguirían en pie; fortaleciendo la presencia y fortaleza de un grupo terrorista que, sin estas medidas -y esto nos puede aterrorizar sobre todo en occidente- es altamente probable que, poco a poco, se hubiese ido expandiendo hasta alcanzarnos. Después de todo, lo vemos en América de forma constante: Iraq, Siria y Pakistán suenan realmente lejos.
Uno de los profesores de universidad a los que con más cariño recuerdo, don Luis Lara de Filosofía, nos recordaba en cada ocasión conveniente que la guerra representaba una necesidad histórica para las naciones. Al margen de nuestros gustos o deseos más auténticos, las personas son de una forma y siempre habrá alguien que quiera más de lo que merece o, claro, que sienta que debe extender su verdad. Aún a palos.
Desde la comodidad desde dónde esté leyendo esto ahora, con alta probabilidad, pensemos un poco para atrás: ¿esta paz de ahora se consiguió de forma natural o alguna guerra la precedió?
Yo sé que es muy noble pensar en lo mejor, en lo bueno que puede ser el ser humano, pero en ciertas ocasiones no queda otra salida que luchar. Si por algo debemos agradecer es por no pertenecer a ese grupo que lucha, pero tampoco mancillar la función de los combatientes.
RQR