La Libertad.
De unos años acá estoy teniendo problemas serios con la libertad. Ya sé que somos ‘libres’. Es parte de lo bueno de las democracias. Pero, como en otras ocasiones, no puedo quedarme con lo principal y caigo tentado a ir más y más allá.
Comencemos con lo básico, ¿qué es la libertad? Demos un poco de tinte teológico: la posibilidad de, en nuestro libre albedrío, hacer lo que deseamos. La posibilidad de hacer y deshacer a nuestro gusto, dentro de un sistema que lo permita, no que lo condene. Salvo que, claro, nuestras libertades comiencen a chocar con la de otros. Entra entonces la ley, siempre dispuesta para hacer respetar las libertades personales y sociales. Y es la ley, en conjunto con la justicia la que salva más o menos la faena.
Por no hemos dicho, a decir verdad nada nuevo. Es más, estoy seguro que en uno u otro momento habrá leído un discurso como este, o similar.
No obstante, y lo cité arriba, hay un elemento dogmático que nos recuerda día a día la relatividad del discurso: el sistema. Insisto siempre en Guy Debord, quiénes me hayan leído con cierta periodicidad lo sabrán: vivimos en un universo representado, cuál obra teatral, donde además hemos ido aprendiendo a aceptar que todo lo que fue vivido una vez directamente se ha convertido, ahora, en una mera representación.
Ya sé, que vos o yo somos libres. Que podemos hoy o mañana elegir qué hacer, dónde ir, con quién estar, qué sentir, dónde comer… Hasta que retorcemos esta verdad, aparentemente cabal: ¿somos realmente por decisión o por instauración? Un ejercicio sencillo, hoy, ¿hacia dónde se dirige? No importa que me lo diga, ocupo que lo piense. ¿Va dónde realmente quiere? De ser no la respuesta ¿quién le obliga a ir ahí? En un mundo libre, pues… vea a su lado, ¿con quién está y por qué está? ¿Es si decisión o decisión de las acciones que lo tienen ahí? Que me pase, o que le pase a usted, no hace que sea justamente algo que decidió unilateralmente. ¿Qué siente ahora y por qué lo siente? ¿Depende de quién o de qué lo que siente?
Dentro de todos los animales vivientes conocidos somos los únicos que, a nuestro buen entender, se pueden llegar a hacer estas preguntas sin sentido. Sin sentido práctico, es decir.
Le he llamado la aceptación de los corderos endebles. Lo correlaciono con la vida en un universo distópico, dónde día a día debemos consumir una o varias píldoras para aceptar lo que ya para ese entonces sería una carga demasiado pesada para nuestros maltrechos lomos. Diaboli Virtvs In Lumbas Est.
De conversaciones con amigos sale siempre el tema de rigor: felicidad o libertad. Yo defiendo la libertad a capa y espada, ellos la felicidad. Y estoy mal, no es práctico, pero es necesario. La felicidad es la píldora que nos mantiene dóciles, felices, pero dóciles. La aceptación de una realidad instaurada, guste o no. Claro, estando en occidente, es fácil querer ser felices. Pero la libertad, en cambio, no cualquiera sino la Verdadera Libertad (esa de la que canta Calamaro) es la que nos hace vibrar, de cólera o agrado.
El sistema es como la solución intravenosa recetada sin diagnóstico: es lo que es y lo que tienes, a eso hay que apañarse. La duda habitualmente se relaciona con insurrección y la insurrección se castiga, el sistema no admite guerras incontrolables, el riesgo es mucho.
La saturación de opciones no nos hace realmente libres, nos hace esclavos de aquellos del mejor tipo: los que se creen libres.
La mía es una lucha perdida desde hace años, no estoy acá para ganar, pero tampoco me inclino con gusto al otro lado. No está uno solo y eso es feliz, de nuevo, el tónico tranquilizador. Pero la ansiedad crepitante ocupa más que un tónico para extinguirse.
La meta en mi vida seguirá siendo la libertad, durante bastantes años. Ya veremos si a la postre acabo dando a torcer el brazo, que tampoco sería el acabose. Siempre que digo Acabose pienso en la Rata Máxima. Ja.
Que la luz brille.
RQR