El cuaderno que debió sacrificarse.
En aquel entonces no pasaba yo de mozo, en su primera acepción. Eran otros tiempos, las complicaciones eran diferentes, los requisitos otros. Y sin embargo, ese día, justamente ese día supe que me estaba intentando extralimitar. No suele esto ser un problema, para alguien que no es un mozo, claro.
Aquel gato maulló como le era habitual a esa hora, los gatos son animales de costumbres también. Nuestro viejo amigo apenas atinó escucharlo, ya las puertas del vehículo estaban cerradas, y comenzaba a correr la ventana para abajo. Eran otros tiempos, el aire acondicionado aún no era estándar en los vehículos. Un segundo antes el sistema de ignición había hecho lo suyo, y el armatoste aquel comenzado a carburar. Solo un instante después se encontraba rodando, pasaría frente a mi casa a la brevedad, pero no lo sabía. Tampoco es que fuera para él importante, como lo sería para mi. Aquel señor iba siempre en contra vía, decía que era poco, no le molestaba, después de todo, ¿qué podía pasar? Sin embargo nuestro amigo, el del gato, resultó coincidir. El enojo era claro, ¡Pero qué está haciendo ahí! se encendió con rapidez, primero el gato -que nunca le había agradado mucho- se regocijaba ante él, unas horas antes dicho gato había negado el apetitoso platillo de atún, a medio comer, que otro animalejo sí había comido. El otro animal se retorcía del dolor, moriría dentro de unos minutos, envenenado claro, por el mismo platillo fatal que puso -como se intuye- el amigo, que bajaba la ventana, al calor del verano, y la ausencia de aire fresco interno. El tipo de la vía opuesta, le restó relevancia, se apartó a un lado y solo le oyó vociferar cuando le pasaba al lado. Seguía su camino, y entonces -para peores- un nuevo obstáculo: aquel carro se encontraba aparcado en mitad de la calle, su conductor, apenas abría el portón. Eran solo segundos, en cualquier otro caso, habría esperado. Pero ya era mucho. El gato. El conductor contra vía. El calor. Tenía que sacar su ira: ¡No podrá ser más incómodo este hijo de puta! El conductor, cercano mío, atinó a escuchar. Aquel cuaderno en el asiento del conductor, desde la noche anterior, lo tenía molesto. El maestro le había dicho con claridad la verdad, iba mal, y tenía que mejorar, solo así podría salir adelante ese año. Desde esa noche quedó ahí el cuaderno, quería revisarlo, tenía que hacerlo. Y lo hizo. ¡Qué esperaba! ¿No ve qué es mi casa? le espetó al otro directo al rostro, con esos ojos que siempre hacía cuando las cosas podían acabar mal. Solo unos segundos antes había comenzado a subir poco a poco la ventana, pensó que quizá había hablado muy duro, a veces nos pasa, y sabía que al frente tenía a una persona considerablemente más explosiva que él. ¡Ah bárbaro! ¿Ahora se esconde? El cuaderno estaba desordenado, no invitaba a nada, más que a botarlo, o a reescribirlo. ¿Sería aquello posible? ¡Tranquilo! Fue sin querer, mala noche, esos gatos que no me dejan dormir, ni se dejan matar… ¡Seguí! fue lo último que dijo, antes de tirar la puerta y meter el carro a la fuerza, y ya sabemos que la ira mal canalizada suele generar problemas, en este caso, problemas en forma de rayas, en el parachoques. Un más. El tipo del vidrio siguió, en su ruta, ya a nadie le importaba. El gato sonrió, como cada vez que un humano pierde. El cuaderno se estrellaba contra la mesa al tiempo que yo me sentaba frente a esta. El episodio de afuera fue suficiente para hacer crecer el enojo, pero no para saciar la sed de ira. Y la raya ayudó, claro. Siempre vienen acompañadas de pagos en metálico, y el metálico nunca es que sobre.
¿Qué vamos a hacer con esto? Ayer nos dijeron que vas mal, bastante mal, pero, ¿por qué? Yo, apañé, no lo logro. Siempre lo logro, pero con esto no. ¿Pero es que cuesta? si cuesta, vemos cómo ayudarte. No es que cueste para mi, son las bases, lo del principio, no puedo mejorar el presente si el futuro no es lo que espero. ¿Qué futuro? ¿Cómo es eso? Las bases no son buenas, el desorden… ¡Pero son es su cuaderno! ¿Qué tiene este de especial respecto a los otros? El desorden. ¿El desorden? Es como cuando se comienza mal, y a la mitad se sabe, e intentas entonces ir bien, pero los cimientos no te dejan, se desmoronan, y ya son muchos, como para arrancar las hojas. ¿Arrancas las hojas? Acá me permito un paréntesis para indicarle al lector que, en mis años mozos, arrancar las hojas de los cuadernos de clase era uno de los pecados más graves que se podían cometer. Solo cuando no queda bien, y tengo que repetir. ¡Pero arrancar las hojas no! los cuadernos son cocidos, usted sabe, si arranca una mala, se pierde una buena. Años después comprendería que es como en la vida misma, dónde ocasionalmente debemos arrancar lo malo, aunque se lleve de la mano algo bueno, solo para seguir adelante. ¡Pero este es el caso! no las puedo arrancar, son muchas. ¿Pero qué tiene? El desorden, véalo. Son sus notas. Sí, pero no son cómo me gustarían. ¿Cómo le gustarían? Ordenadas. ¿Qué ocupa para ordenarlas? Otro cuaderno. A este aún le quedan hojas. Pero no las necesarias, como para poder terminar el año, se gastarán. ¿Le cuesta? No, solo ocupo un cuaderno nuevo, no puedo con el desorden. Ya la voz se me comenzaba a quebrar. Ya nuestro amigo de la ventana arriba, que estuvo abajo, y de nuevo arriba, la bajaba de nuevo. Voy a decirle a su mamá, vaya con ella, compren un cuaderno nuevo. ¿En serio? Sí, lo revisé, dice verdad, está bastante desordenado, arrugado, no provoca mucho. ¡Pero gracias papá! Claro, con gusto. Pasaré todo lo desordenado, entonces, podré comenzar bien. Nadie quiere comenzar mal. Jamás.
Ese año no fue sobresaliente para mi, pero creo haber llegado al 85 en finales. Esa noche fue la entrega de notas, y de previo se sabían los resultados. Había aprobado sin mayor problema. Yo sabía que era, los cimientos, el orden, el poder rehacer lo que inicialmente estaba mal. Solo así. El cuaderno blanco, dispuesto, para lo que necesitemos.
A veces simplemente no podemos con lo que tenemos hasta el momento, ocupamos cambio violento. Intentar mejorar lo que se tiene, es labor titánica, que nos hará gastar más energía solo para poder llegar al estado basal, que no es ni mejor ni peor, sino basal.
Pero la vida no es un cuaderno, y con el tiempo, se acepta.
RQR