Reducción cíclica
Uno eventualmente se da cuenta de lo poco, comparativamente, que tiene de relevante respecto a otros temas digamos más universalmente valiosos.
Esto de reducir el universo al jardín, para contemplar su magnificencia, no deja de ser una movida arriesgada, lacerante y ciertamente innecesaria. Pero como opción, resulta de las mejores. Es la más sencilla manera que tenemos de evitar encerrarnos en complejos con solución imposible y situaciones sobre poca o nula valía.
Nosotros nos conocemos y nos sabemos, pero igual no dejamos de dudar. La duda es la chispa que mueve el interés, y eso está bien. Después de todo para mantener la chispa hay que saberse capaz de objetar lo indesafiable.
El tiempo siempre nos gana la partida, y lo sabemos, pero lo negamos. Siempre recuerdo a La Rata máxima, hija de Grass, cuando en múltiples ocasiones nos recordaba la mejor manera de vivir más: sabernos finitos en el tiempo, no eternos, saber que lo que tenemos es el paso por este valle una sola vez, que antes y después no quedará más que no fueran cenizas.
Nunca nos dejemos encerrar, quizá después sea ya tarde para añorar lo que creemos merecer, aunque por ello nunca luchamos.