Corderos endebles.
De repente va uno por la calle, caminando o no, y ve la valla. Muchas no las tocó siquiera persona alguna con el sentido de la estética desarrollado en gran medida, pero otras tantas sí, una gran labor de diseño con una gran labor de investigación atrás.
Muchas de estas últimas pertenecen a mega corporaciones, que nos conocen bien, muy bien. Al menos a la mayoría, sobre esta es que se trabaja. Las situaciones y la lógica son más básicas que el instinto de deseo: los grupos (a todos nos gusta formar parte de uno), las risas (a todos nos gusta reír), los abrazos (a todos nos gusta ser abrazados), la exclusividad absurda (a todos nos gusta tener algo que los demás no), el éxito, la moda, la primicia, el lugar, la belleza, la pertenencia emocional, en fin, todas esas cosas que las mayorías, se sabe, disfrutan. Acá va variando un poco el significado del anterior ‘todos’.
Es como hacer maquetas, qué elementos debemos unir para alcanzar lo esperado, a qué responden mejor los corderos, apacibles por naturaleza, esperando pensar lo menos posible.
Hasta qué de repente llega uno y se da cuenta de eso, es obvio, pero nadie lo ve. Los carteles de carros no están ahí para hacernos pensar cómo nos veríamos en él, aunque lo hacen, o los de cervezas para pensar en la diversión que nos podrían reportar unas cuantas de ellas (en Costa Rica, bastantes), no, esa es la imagen que quieren el pueblo acepte.
Los carteles, los anuncios, la publicidad en todos sus aspectos, está ahí para lograr ventas, aceptación, conocimiento y similares.
Los corderos endebles están ahí para tragar todo apenas masticado, no queremos ponerlo difícil. Y pensar que eso mueve la economía.
Si es que no somos nada.