Palabras.

Palabras.

A la gente, en general, es que hay palabras, en específico, que le llegan más. Lo usual es que lo hiriente y chocante sea comúnmente más rememorado, que lo que deja cicatriz no se olvida, pero no solo esto. También nos gusta sentirnos inquietados por los llamados vocablos de la no tranquilidad. Seguiré de necio, pero es que para eso nací, por eso gusto tanto del tremendismo, de la literatura cruda, con ornamento solo perfilado por el gusto del lector. 

Como me dijo una vez, hace ya varios años Adolfo (@athal_wolf) Omne Ignotum, Pro Magnifico. El lo recordó, claro, lo dijo Tácito. Haría listados, pero ya en la red hay un listado de todo, no se trata de eso. Pero no deja de parecerme curioso. Vemos el valor de una palabra por encima de su significado, llegando a lo que para nosotros es adecuado o no, sonoro o no, sonante o disonante, basados únicamente en nuestro lenguaje que, aún rico en conceptos, podría ser pobre en dominio. De ahí vendrá, quizá, el gusto tangencial por el eufemismo. Ya no estamos para eufemismos, pero tampoco estamos para herir párpados con letras mal dispuestas u oídos con palabras mal pronunciadas, o bien pronunciadas, pero mal señaladas. 

Seguiremos en la senda del día a día, constipados además de por la gripe y sus efectos por algo peor: nuestra aparente comprensión del universo hablado. Después de todo, no salen de ser en círculos las cosas, si nuestro círculo habla más o menos nuestro idioma, saldremos bien librados y valerosos; caso opuesto, ni más faltaba, quedaremos contrariados. 

En todo caso, la verdad, hacen falta acciones fuertes y precisas. Algún oído saldrá herido, es inevitable.

RQR

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