Momento.

Momento.

Cela Trulock es y será mi preferido en literatura española. Don Camilo es de esos duros de la literatura, no linda, pero sí implacable. No cualquiera, claro, crea el tremendismo. La familia de Pascual Duarte, no mi favorito (lugar ocupado por Cristo vs. Arizona), es de esas obras tan crueles y llenas de verdad que todos deberían leer una vez al menos. Claro, viene esta a engrosar muchas otras, que ahora mismo escribo con guía del sentimiento.

La muerte, para Camilo, era un suceso vulgar. Todos los nacidos, decía, terminan pasando por ella. No es este momento de confirmar o negar esto, cada cual con su cosa. Pero no deja de tener razón al respecto: es nuestro destino condicionado, no mentalizado (por obra y gracia) pero tampoco negado.

Otro grande, para mi, Grass (el del Tambor de Hojalata, sí) nos recordaba en su magna Ratesa que el ser humano adolece de la condición suprema de creerse eterno. Más que padecimiento, quizá, como decía la Rata postnuclear, podría ser su propia forma de tomar noción del control sobre lo incontrolable, si algún día nos llegamos a saber limitados en el tiempo, quizá entonces demos giro a nuestra forma de comportar. Quizá, tampoco es la regla única de la vida.

Ya en otra ocasión, leyendo sobre VV Cephei, este y demás postulados llegaron a mi cabeza: nosotros somos nuestro universo, viviendo lo que queremos (podemos) y alcanzando lo que deseamos, pero siempre lateralmente coexistiendo con factores inalterables de naturaleza dibujada. Reducir el universo a un jardín, usualmente, funciona para contemplar con amor y cuidado cada detalle, es lo que hacemos en nuestra tierra, con nuestra vida, que tratamos de llevar de la mejor forma conocida por nosotros, siempre viendo hacía adelante, porque sabemos y esperamos que mañana amanecerá. No importa lo que haga VV Cephei, está tan lejos que aún el peor cataclismo en ella, no nos alteraría, nuestro pequeño planeta es, para la mayoría, nuestro jardín.

La muerte imprevista, como cualquier muerte, siempre llega como la verdad de Capote: fría. El reciente fallecimiento de una compañera de trabajo, que en paz descanse, y el anterior fallecimiento de un excompañero de trabajo en situaciones implacables del destino siempre me hace pensar un poco. No solo por el suceso, sino por el suceso con su correspondiente cadena de reacciones.

Esos momentos de incredulidad que vienen de la negación de un suceso confirmado y comprobado son los que más llegan al ser humano. Hay cadenas que uno espera sean las normales, y de romperse, se ve la eterna fragilidad de nuestra naturaleza, humana al fin y al cabo. El suceso quedará en el colectivo, será confirmado secuencialmente hasta ser aceptado. No hay salida. Pero ese momento, de fustración (aún ajena) por lo acontecido no termina tan pronto. Hay cosas que no tienen ni tendrán, posiblemente, explicación convincente alguna. Son hechos improbables que, en determinado momento, tornan en probables y posibles, hasta desarrollarse completos.

Mis convicciones personales me dejan, en estos momentos, algo aislado en el universo de lo indescriptible, pero eso no evita que desee, sea lo que sea eso que sigue de este suceso llamado vida, que envíe mis mejores deseos a esa persona que ya no está acá. Y, como es menester, todo lo disponible para mi de fortaleza a quienes quedan lamentando el acontecimiento.

A Julia. A Marcelo.

RQR

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