El máximo segundo.

El máximo segundo.

Si hay algo seguro es que cuando abro DarkRoom va para largo. Siquiera es tan seguro, absoluto, los puntos absolutos y radicales siempre me han asustado, pero si altamente probable. Pienso mejor en negro y verde que en blanco y negro. Y no tiene sentido, ni se lo trato de encontrar; del sistema de escritura estoy desentendido, pasó hace mucho desde que me preocupaba por estructurar lo dicho, conocí un día, con Traído por el Mar, el flash-back del cine y lo hice propio para la escritura. Además un día, pongo ejemplo sin siquiera querer aspirar al producto final, leí a Debord, Guy, y nada que hacer. Querer ver las rutas, querer ver las guías en el universo narrado no es ahora la prioridad. Hoy me aconteció menudo y aparatoso (para mi) suceso, ¿se han visto en posición de tener algo que decir pero no saber cómo? pues eso, de repente las ideas, violentas como de costumbre, se apiñan, rápidamente, sin dejarnos reaccionar; o mejor dicho, dejándonos reaccionar, pero a destiempo. Porque la reacción entonces es de estupefacción. Y bien sabido por cualquiera que menuda reacción aporta más bien poco a la causa. En ocasiones Z3r0 dice que la realidad no es sino una apariencia fosilizada, que se hizo tangible o demostrable. Yo argumento que no, y argumentar que no, no es (propiamente) un argumento. Já. Siempre hay en nuestra vida, en nuestro camino, cosas que mueven. Cosas que generan interés. Que nos hacen querer mejorar a diario, o empeorar de vez en cuando. Da igual, cosas que nos inclinan a uno u otro lado de la balanza o la verdad o la mentira o la vida. Puede usted, claramente y sin dejo alguno de duda, ver esto en la mirada de cualquier particular que una de dos, llore o sonría. O ría, en estos se ha de ver mejor, salvo porque no siempre los ojos alcanzan ver luz en medio del acto. De reír, no se desvíe. Esas pequeñas cosas se ven a lo lejos, en los ojos, porque aunque suene poético reiterado y, por ende aburrido, son y seguirán siendo la ventana del alma. No es que se vea la bondad o la maldad por una mirada, o por un ojo o los dos. O por uno una cosa y por el otro la otra. Sino que nos permiten ver el sentimiento demostrable de su dueño. O dueña. El brillo del que hablo se ve mejor a contraluz. Luz del Sol de preferencia, ángulo de sesenta y nueve grados exactos respecto al ojo, y al observador. Sin importar lo que sea, problema o ágape, la fuerza de la mirada está demostrada. En ocasiones, sin embargo y con el pesar de muchos, las cosas tienden a pasar. A apagarse. ¿Han visto una mirada apagada? Claro, se caracteriza por no ser ni lo uno ni lo otro, sino nada. Las miradas vacías son las que más asustan, justamente, porque ocultan lo que otras quisieran mostrar, que puede ser lo uno o lo otro. Son éstas, por dicha y gracia de nuestro señor Matzerath (no quiero evitarlo), volátiles. No como las aves del Crusoe mal traducido que leí en tiempos pasados (por dicha) sino esporádicas, pero reales. Me gusta observar porque la labor del observador es más compleja de lo que se cree pero más sencilla de lo que parece. Pero me doy cuenta, o trato, de saber cuando es momento de pausar la afición por mor del rigor de causa. Cierra los ojos y cruza el universo. He perdido la práctica, poco a poco una de dos, o la recupero o regreso a la escritura automática, no tengo nada que perder, ya, salvo (quizá) unos segundos de su valioso tiempo. Quizá no perdido, sino invertido, sin réditos claro, no estamos para despilfarrar.

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