Serpiente 🐍
Hay detalles que dejamos de lado, pero que jamás olvidamos. Prejuicios instaurados durante miles de años que, ya luego de tanto, parecen convertirse en verdades inexorables que nadie quisiera desafiar.
Al par de la rata aunque con seguridad peor ubicada en la escala de valor social, tenemos a la serpiente. Animal rastrero, carente (resulta evidente) de extremidades y condenado desde tiempos inmemorables. Serpentización de la maldad humana, reflejada por nosotros los seres humanos, desde nuestra favorecedora posición en la cadena alimenticia.
El rechazo hiriente sobre dicho animal, respecto a otros digamos más aceptados, siempre me ha inquietado. Está bien, podría ser una cuestión de gusto. Que de repente me gustan los perros, o de repente los gatos. De repente tendemos a conejos, de repente a hámsters. Digamos que lo usual. Pero no para la serpiente. La serpiente comenzó en el juego perdiendo. Su condena previa y bíblica la perseguirá por la eternidad, recordándole siempre su lugar.
Claro, ya sé, que es venenosa en ocasiones. Que no tiene orejas. O cejas. Y que cambia de piel. Sin embargo, con un poco de ejercicio mental podrá recordar otros animales (aparte del que nos ocupa) que cumplen con una u otra de todas las características citadas; y no, eso no los hace ser odiados.
La repulsión anti natural por este rastrero (al que, además, confirmo le tengo cariño) es todo un fenómeno psicológico, social y religioso que sería digno de estudio en algún momento, no me cabe duda.
Me inquieta en particular una conducta humana que, en nuestra ansia de condenar, olvidamos. Partamos que sí, que toda la fábula de la creación y el Edén es correcta. Consideremos igual que una culebra (digamos que la única, en ese momento) instó al indómito humano a cometer pecado. Y que este, en una muestra digamos común de debilidad, se dejó influenciar. ¿Lo vieron? Una serpiente, de entre tantas, una de entre millones de millones actuales. Venida de una generación más que olvidada, cientos de años han pasado, y aún no perdonamos, como especie social. ¿Por qué podemos olvidar más rápido la Santa Inquisición que el pecado de un rastrero entre miles? Y claro, eso sin considerar que, en el fondo, la decisión la tomó el ser humano, para entonces, ya corrupto de nacimiento.
Estaba en el colegio, y no faltaba el compañero extraño pero cool. Una vez salía del baño cuando entró él. ¿Me ayudarías? Es que tengo que ir al baño y no sé dónde dejarla. Me dijo. No entendía, hasta que vi aquel animal enrollado en su mano izquierda. La lógica me indicó que si lo andaba así no debía ser venenosa, dicho colega no parecía precisamente un profesional de los ofidios. ¡Claro! Dámela, le dije. Y le tendí mi mano derecha.
No debía superar los veinte o veinticinco centímetros. Su diámetro era apenas significante. Al tacto era fría, muy fría. Siempre me ha gustado el frío, nada nuevo. Enrollada entre mis dedos no hacía más que deslizarse, inquieta pero no asustada, o no lo parecía. Estaba extrañada, quizá ya acostumbrada a su dueño, le inquietó verse en mano ajena. No era tan hermosa como tantas otras que a la postre vería, o había visto, en fotos. Pero era un animal agradable. Los ojos siempre calmos, la lengua queriendo sentir algo más allá de lo evidente a los ojos. ¡Gracias! Me dijo mi colega, cuando se la pasé. Y se la llevó de nuevo, a veces tenía que esconderla en la mochila. Pobre serpiente.
Quizá la fortuna mía fue conocer una así, sin ningún tipo de condicionamiento, solo llegó.
Pero claro, sabemos, esto no siempre pasa. Sobre todo, cuando nos condicionan desde pequeños, guiados por ese temor místico que inspira un animal condenado por la eternidad.
RQR