Sobre la importancia de la corbata

Sobre la importancia de la corbata

En franca síntesis podría decir esto: ninguna. Pero ni esto es un tuit ni la franca síntesis es mi mayor fortaleza.

Dentro del gran espectro de valores, principios, cualidades y demás menesteres que considero en un primer contacto con un ser humano de los últimos lugares en importancia relativa debe estar, sin lugar a duda, el cómo viste.

No es, claro, que no me importe esto. Ya sea con hombres o mujeres aunque, esto sonará pícaro, principalmente mujeres suele uno echar una ojeada rápida a la indumentaria de ocasión. Indumentaria, claro, dirán todos.

Pero en fin, el punto es el mismo: he tenido oportunidad de conocer a gente que de forma diaria emplea prendas digamos contra convencionales sin que ello merme aún en un ápice su gran calidad humana, buen trato y educación latente. Al par que he tenido oportunidad de ver, usualmente de paso a estos no me preocupo mucho en tratarlos, individuos de todas las edades (aunque usualmente imberbes) embutidos en su traje de diseñador, saco, corbata y zapato de charol entre otros ornamentos que consideran su vestimenta los eleva del común punto de partida respecto al pueblo, lo que los hace algo más altaneros y menos educados.

No es esto, claro, regla alguna escrita en piedra. Que los unos con los otros antes descritos en cualquier momento podrían trocar papeles, pero si es una muestra (bastante insignificante, eso sí) de que una cosa no precisamente lleva a la otra y que, a la postre, el ser humano siempre tiene cosas más importantes que demostrar.

Yo, por ejemplo, no tendría el mínimo problema en ser atendido en una entidad bancaria por un funcionario que calce zapatos deportivos, que con certeza lo harían sentir más cómodo y, posiblemente, hasta podrían alterar su estado de ánimo favorablemente. Pero no, la norma es la manga larga, la corbata (estos dos en un país tropical son mortales, considerando las temperaturas medias anuales), el zapato y la presentación impecable que difícilmente es tal. Porque Costa Rica tiene cosas extrañas, exige por un lado, pero no ve con malos ojos el zapato negro, calcetín blanco, y pantalón negro.

No soy tan tendiente al contra para desvirtuar los beneficios de la normativa: dejar a la gente completamente por la libre suele ser una movida bastante riesgosa. Pero tratemos de adaptar la normativa a la realidad propia de cada uno de nuestros países y empresas: exigir por exigir no tiene sentido alguno. Suele ser preferible, y por mucho, una persona íntegra calzando unas Vans que una persona vacía y cero empática forrada con el traje aburrido de rigor.

En alguna etapa de mi vida, acá demuestro pecado latente, solía llamar a este tipo de personas trajes. Un traje por acá, otro traje por allá. Es sencillo identificarlos en la calle: muchos van en su vehículo, ventanas arriba esperando llegar a su oficina a imponer ley. Otros tantos, más rasos aún, van a pie, caminando rápido (porque siempre llevan prisa) y sudando la gota gorda que se llega a esconder en la parte más alta del nudo de sus respectivas corbatas.

El traje está automatizado y sistematizado. Sabe para qué vive y sabe para dónde va. No tiene campo para la comodidad, antes la prestancia (aún falsa) entre los colegas y extraños.

Entiéndase esto no como una oda contra la elegancia, que por otro lado parece resultar cada día menos presente y más cara, sino como una correlación posible entre uno y otro tópico.

Gente, comencemos a preocuparnos por lo realmente importante, no por cómo se ve.

RQR

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