Balance.

Balance.

De nuevo vengo por acá, pero hoy llego de mañana, y es bien sabido por todos que la mañana siempre nos despierta. Dura con unos, benevolente con otros.
Efectivamente es mi naturaleza indiscutible la de contrastar, balancear y ejecutar. Saber que emociones disparar en el momento justo no es cosa ni sencilla ni compleja, es cosa de análisis y estudio, que a efectos prácticos viene siendo más o menos lo mismo.
Me gustan los balances a primera hora, a primer ojo abierto que llaman, de qué forma comenzamos a ver el día que comienza nos insta a intentar balancear la carga de prioridades y ejecutar los mejores pasos para, claro, llegar a buen puerto. Que resulta ser más o menos el fin universal.
Ayer leía a E. Espinoza y, casi de inmediato ni más faltaba, gente quejarse de E. Espinoza. Este es un caso de más claro, no lo saco a luz por mayor motivo que la casualidad de tenerlo a mano al momento de redactar estas líneas. Al ser humano le gustan los pedestales de oro inamovibles. Usualmente nos sentamos en dichos artilugios y, desee ahí (como en la guerra que la posición elevada siempre propicia ganes) podemos ver con tal claridad conceptual, objetividad imparcial, tino y compasión (claro, somos humanos) los errores de nuestros similares. Todo, por supuesto, desde nuestro magnífico caleidoscopio de verdad y color.
Ojo con esto: no somos perfectos pero no lo necesitamos si se nos da más ver los errores de los demás. No ocupamos exaltar nuestra cualidad, basta con restar credibilidad al colega y/o amigo. Deplorable.
Son más los que están en una posición que quieren cambiar que los que están en una posición que quieren mantener, regla de vida y prudencia.
Aprendamos a establecer balances relativos, únicos y diferenciados, lo importante es salir bien librados del juego que, en nuestro país de tercer mundo, por lo común dura unos 75 años, siempre que no acontezca catástrofe.

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