Que versa de la fascinación sobre lo cotidiano.
Saben, me gusta a veces pensar que mi cháchara engañosa (gracias Debord) me lleva a algún lado. A veces es como, no sé, como si resultase complejo ver con la apertura focal necesaria. Suele suceder que o permitimos tanta luz que deslumbra o tan poca que siquiera alumbra. Anda, una rima fácil, que a estas horas poco mejor sale.
Soy afín al arte fílmico, completo amateur de toda la vida, claro. Mi capacidad objetiva para valorar el arte en movimiento no será la más docta pero siempre siento que sí la más sincera. Al menos en mi particular. Hace unas horas terminé Boyhood (2014) y, dejando de lado particularidades como que su rodaje duró doce años (bueno, vaya, tampoco es que fuera tanto que la edición resultaría titánica, pero es un decir) y que se persiguió a su protagonista desde temprana edad hasta su edad adulta-temprana, resultó en uno de esos filmes entrañables para toda la vida.
Estamos de acuerdo, no es por la trama, recién finalizada las primeas observaciones sobre ella recibida versaban sobre la aparente carencia absoluta de hilo conector, de momento cúspide en la trama. No resulta este un film que atienda particularmente al orden establecido por Syd Field (gracias Juan B.) para la estructuración de su trama, pero justo esto la convierte en algo novedoso y refrescante, por su misma naturaleza cotidiana, libre y desertora.
De repente todas esas preguntas retrospectivas que nos hacemos a diario llegan a un punto común dónde, otras personas (personajes) se las comienzan a hacer. Mi fascinación, latente y reiterada, sobre el punto máximo de no retorno de pronto parece ser eje de una obra: ¿y ahora? parece la tónica a lo largo de toda la historia, entregarse ciegamente a lo recurrente, a lo normal, resulta en una de las apuestas más arriesgadas que puede tomar un director. En un mundo ávido de contratendencias, de eventos quebradores, de ficción no solemos guardar campo para contemplar lo más básico sobre el comportamiento diario, taciturno quizá, de alguien con preguntas válida en relación a su vida.
Boyhood se convierte, por su propia fuerza, en una de esas películas rompedoras de esquemas, no inquietante porque siempre mantiene sus cabales, aún cuándo queremos anticiparnos a más, porque estamos muy acostumbrados a llegar a puntos de fuga, puntos máximos desde los cuáles podamos luego disminuir poco a poco la tensión.
El problema del por qué, de acuerdo a la observación de una colega de hace unos días que -según me comentan- resulta en la postura de todo un gremio es que nunca nos lleva a nada bueno. Bueno, al menos no el tipo de ‘por qué’ a los que me estoy refiriendo. Y entonces llega algo así, y no tenemos que preguntarnos por qué, porque nos escupen en la cara que no todo lo que sucede parece tener un por qué, y -menos aún- un interés común en ser siempre explicado.
Gracias, Linklater.
RQR